Várices
Las várices son dilataciones de las venas que,
por diversas razones, no cumplen correctamente su función de llevar la sangre
de retorno al corazón. A causa de esa
disfunción la sangre se acumula en las venas, que finalmente se dilatan.
Habitualmente se
utiliza el término várices para hacer referencia a las que aparecen en las
piernas, porque son las más frecuentes, pero pueden surgir también en otras
zonas del cuerpo: en el esófago (várices esofágicas), en la región anal (hemorroides) o en los testículos (varicocele).
Hay situaciones y factores de riesgo que pueden predisponer
a la aparición de várices, como por ejemplo:
·
Pasar mucho
tiempo parados: esta postura
aumenta la presión de la columna y dificulta en las venas el ascenso de la
sangre al corazón.
·
La herencia: las
personas con antecedentes familiares de várices tienen el doble de
probabilidades de padecerlas que quienes no tienen ese antecedente.
·
Constitución
débil de los tejidos: una
debilidad generalizada del tejido conectivo implica una pérdida de tono de las
paredes de las venas, que facilita la aparición de varices.
·
El sexo: las
mujeres las padecen con mayor frecuencia que los hombres, lo que parece estar
relacionado con factores hormonales.
·
La obesidad: se ha
comprobado que las personas obesas tienen el doble de posibilidades de tener várices
que las de peso normal. El sobrepeso incrementa la incidencia al aumentar la
cantidad de sangre que llega a las piernas y que debe ser evacuada por las
venas.
·
El
estreñimiento crónico: la
dificultad para evacuar el intestino obliga a realizar mayores esfuerzos para
expulsar las heces. Estos esfuerzos hacen que aumente la presión dentro del
abdomen por lo que también aumenta en las venas abdominales, dificultando la
salida de la sangre de las piernas y, por ello, incrementando el riesgo de
padecer varices.
·
El embarazo: las várices
aparecen con mayor frecuencia durante el embarazo. Esto se debe a varios factores pero
especialmente a los cambios hormonales, la presión del útero sobre los grandes
vasos, y el aumento de peso.
·
El
sedentarismo: la falta de
actividad de los músculos de las piernas hace que estos no colaboren para
empujar la sangre hacia el corazón.
A las várices se pueden clasificar en 4 grados o
tipos:
Grado I - varículas: En esta etapa se ven, en algunos sitios a través de la piel, las venas finas de color
violáceo. A veces pueden tener forma estrellada y se las suele llamar
“arañitas”. Por lo general son únicamente un problema de tipo estético pero
pueden producir sensación de pesadez y cansancio en las piernas.
Grado II: Las venas se van haciendo más visibles y comienzan
síntomas tales como pesadez y cansancio en las piernas, dolor, calambres,
hormigueo, sensación de calor y picazón.
Grado III: Las venas están notoriamente dilatadas. Los síntomas
van aumentando progresivamente y aparecen: hinchazón, edemas y cambios de
coloración en la piel.
Grado IV: Aparecen zonas con eczemas y úlceras. Las úlceras son
difíciles de tratar y pueden infectarse con facilidad.
¿Cómo se arriba al diagnóstico?
El diagnóstico
de várices suele ser muy sencillo: la exploración debe realizarse de
pie, ya que esta postura favorece la apreciación visual de las várices. A
simple vista se ve la red venosa dilatada, lo que indica la situación y
extensión del problema. Además, también se puede apreciar la coloración y aspecto
de la piel, la existencia o no de otras lesiones tales como manchas, lesiones
por rascado o úlceras, lo que permite valorar, en principio, el grado de
afectación.
Al palpar la zona puede comprobarse el aumento de la
tensión venosa y la existencia o no de dolor.
Con estos datos ya es posible una primera evaluación
de la importancia del problema, lo que se debe confirmar posteriormente con estudios:
·
Eco-Doppler: este estudio combina la ecografía (para ver las
venas y arterias en su trayecto y comprobar las alteraciones que puedan existir
en su interior) y el efecto Doppler (en el que se basan la mayor parte de los
radares), que muestra el flujo venoso y sus anomalías. Es un estudio no
invasivo, no doloroso y que no necesita preparación previa.
·
Flebografía: consiste en inyectar un contraste yodado en la
vena y luego realizar una radiografía. Está casi descartada por ser dolorosa y
presentar riesgos innecesarios, y su utilización se limita a casos muy concretos.
·
Otros estudios: para el diagnóstico de las
várices también pueden utilizarse: resonancia magnética (RNM), tomografía computada (TAC) y angiografía con isótopos. Tratamiento de las varices
Las várices constituyen una patología degenerativa y progresiva que,
generalmente no es grave, pero resultan antiestéticas y pueden causar
molestias. En muchos casos, el tratamiento será paliativo, es
decir, servirá para aliviar la sintomatología y evitar o retrasar su
progresión. En otros, pueden curarse definitivamente. Debe plantearse el
tratamiento como absolutamente necesario en el caso de las várices
desarrolladas, las que han producido alteraciones en la piel o grasa
subcutánea, y aquellas en las que se quieren evitar futuras complicaciones
(riesgo de tromboflebitis, úlceras o hemorragias). Por motivos puramente
estéticos pueden tratarse las varículas o “arañitas”.
Es importante
resaltar que, antes de iniciar cualquier terapia, es preciso consultar con un
profesional especializado que aconsejará sobre las técnicas más adecuadas en
cada caso, y las ventajas e inconvenientes de las mismas, así como sus posibles
contraindicaciones o complicaciones.
Cirugía para tratar las várices:
Método tradicional: consiste
en eliminar las venas afectadas seccionándolas entre dos ligaduras realizadas
en sus extremos y extirpándolas por tracción. Sus ramas colaterales se extraen
mediante microincisiones. Este tratamiento requiere anestesia general y se necesita
una convalecencia más larga. Además, al
eliminar generalmente la vena safena, se impide la posibilidad de utilizar
posteriormente esta para realizar otras intervenciones como un bypass.
Microcirugía: es una técnica más moderna en la que se eliminan únicamente los trayectos afectados, mediante incisiones mínimas. Esta técnica tiene varias ventajas sobre la cirugía tradicional, pues se realiza con anestesia local y no requiere un post-operatorio con internación. La recuperación es, por lo tanto, casi inmediata y el resultado estético es mejor, además de conservar la vena safena.
¡Hagamos Prevención!
La prevención de las várices
es especialmente importante cuando se tienen antecedentes familiares, o existen
factores de riesgo que pueden hacer sospechar su posible aparición.
Claves para
prevenirlas:
1. Evita el sobrepeso pues favorece la
aparición de várices. Aquí podrás encontrar algunas recomendaciones más
concretas para cuidar tu alimentación en relación a
tus varices.
2. Controla el estreñimiento. Una dieta rica en verduras,
frutas, legumbres y cereales (mejor si son integrales), favorecerá el
movimiento intestinal. Además, la fibra
que contienen estos alimentos capta agua y hace las heces más blandas y
voluminosas, facilitando el tránsito intestinal. En caso de que esto no sea
suficiente se pueden utilizar complementos naturales como semillas de lino
(ricas en fibra) o algún laxante suave. Si el estreñimiento persiste debe
consultarse con el médico.
3. Realiza ejercicio físico de forma regular. La
movilización de los músculos de las piernas ayuda a impulsar la sangre hacia el
corazón, evitando que se acumule y pueda dilatar las venas. Son muy buenos
ejercicios: caminar, subir y bajar escaleras, la práctica del
ciclismo y la natación.
4. Evita el calzado totalmente plano o con tacos muy altos, al igual
que el que sea muy ajustado, pues dificultan el retorno venoso y restan
eficacia a la musculatura de las piernas. Se recomienda utilizar calzado amplio
y cómodo, con un tacón de entre 3 y 5 cm. Si se nota pesadez de piernas, e incluso
se hinchan, puede servir de alivio la utilización de medias elásticas de
compresión progresiva.
5. No utilices ropa muy ajustada pues, al comprimir
ciertas zonas, dificulta el retorno venoso.
6. Postura: no permanecer mucho tiempo de pie sin moverse, o
sentado durante mucho tiempo con las piernas cruzadas. En caso de que por el
trabajo sea imprescindible hacerlo, deben darse cortos paseos periódicamente y
cambiar la posición de las piernas con frecuencia y, cuando sea posible, poner
las piernas en alto. Es aconsejable dormir con las piernas ligeramente
levantadas. También debe evitarse estar sentado con las piernas colgando.
7. Rascado: aunque
las várices con frecuencia producen picazón, no hay que rascarse, sobre todo
cuando la piel está debilitada, pues puede producirse alguna herida, que se
infecta con facilidad y suele ser difícil de curar. Cuando haya picazón puede utilizarse
una crema hidratante o específica para las várices, que siempre debe ser prescrita
por un profesional.
8. Medidas higiénicas especiales: es recomendable, sobre todo cuando la piel está
debilitada, la limpieza diaria con agua y jabón de las zonas afectadas para
evitar el riesgo de infecciones. Cuando han aparecido úlceras, deben hacerse curaciones
limpiando la zona con suero fisiológico y aplicando pomadas que contengan
sustancias cicatrizantes y antibióticos. Por supuesto, estas medidas deben ser
establecidas por el médico.
9. Masajes: una buena medida es un masaje diario, desde la posición
acostada y con las piernas levantadas, comenzando el masaje desde el tobillo y
subiendo hasta el muslo, pues favorece el retorno venoso.
En el Sanatorio
Adventista del Plata disponemos de un completo Servicio de Flebología.
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el médico especialista llamando al teléfono (0343) 4200200 o al correo electrónico: info@sanatorioadventista.com.ar
